Crónica: Ser y nacer indígena en Lima

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Conversamos con tres generaciones de shipibos de Cantagallo sobre su identidad y vida en la comunidad que lucha por la reubicación prometida.

crónica por Untérmino.

Hay relatos de migrantes de diferentes lugares que llegaban a Cantagallo como lugar de paso, acomodándose con los ferreteros y otros comerciantes del campo ferial que todavía existe. Muchos de esos migrantes ahora viven en diferentes lugares de Lima. Muchas familias indígenas viven en Cantagallo hoy. El primer grupo de indígenas shipibos que llegaron a Cantagallo recibieron un pasaje sin retorno. Era el año 2000 y la Marcha de los Cuatro Suyos contra la dictadura de Fujimori necesitaba la representación diversa del hasta ahora mal reconocido país plurinacional. Fueron 15 las familias que recibieron pasajes e invitaciones formales de parte del candidato Alejandro Toledo para sumarse a las movilizaciones. Desde sus comunidades en Ucayali viajaron por río y por tierra hasta la vasta ciudad en medio del desierto. La movilización fue exitosa y un año después el candidato era ya el nuevo presidente de la república, pero las familias no habían retornado a su tierra, no encontraban trabajo ni hospedaje. Luego de que tocaron muchas veces la puerta, la entonces primera dama Eliane Karp les propuso ir a un espacio ferial en el margen del río Rímac, propiedad del ministerio de Transportes y Comunicaciones, sin construcción ni servicios básicos y que había servido como relleno sanitario.

Han pasado 15 años, muchas penurias y alegrías, y las familias llegaron a ser 265. Las disputas y mezquindades por el manejo de los recursos estatales mantienen en vilo el destino de una comunidad que enfrenta el hacinamiento, la insalubridad del terreno y la carencia en servicios básicos a 15 minutos de los palacios de gobierno de nuestro país y municipal de nuestra ciudad. Personajes como el alcalde Luis Castañeda, sin embargo, las llaman “cuestiones políticas”, como cuando dice que del proyecto Río Verde “nunca hubo absolutamente nada” y que son ataques por el fastidio que generan las obras de su gestión. Luchan también los shipibos por proteger para el futuro su identidad y cultura. Shipibos son la mayoría en Cantagallo, pero no son la única etnia presente ya que conviven con familias quechuas, asháninkas, aymaras y kakataibos.

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¿Son limeños los indígenas que viven en Lima?
Josué nació en Lima, luego lo llevaron a Pucallpa y ahora está otra vez en la capital viviendo su niñez. “Acá cuando vienes por primera vez te dicen ‘charapa’. Yo digo que ellos no tienen cultura, no tienen nada y por eso molestan. Yo me defiendo pues, ¿qué más hago?”, cuenta Josué en una pausa de su juego afuera de la escuelita de la comunidad. Por ese tipo de encuentros con el prejuicio no quiere llamarse limeño.

Tampoco quiere llamar limeños a los indígenas de Cantagallo, aunque por otros motivos, el economista Eugenio D ́Medina, defensor del modelo económico y de la actual gestión municipal. “15 años en Lima NO te hacen limeño”, publica por Twitter D ́Medina, quien es presentado como analista en canales como Panamericana, ATV+ o CNN y el diario Correo. Como esta categórica sentencia, también tuitea otras como “creerse ciudadano de mayor CATEGORÍA es creerse CON DERECHO a exigir gratis lo que a otros les cuesta” y “si tengo que destinar recursos a RESIDENTES en Lima (aunque no sean limeños) empiezo por los que se fusionaron con la ciudad”. Sic.

Ambula por dicha ciudad con su artesanía la señora Olga Mori vestida con su colorida blusa típica y su falda bordada. Salvo por las sandalias y el caótico tráfico de Lima, camina de la misma forma que en su distrito de Callería, en el bajo Ucayali. Fue profesora de niños de hasta 5 años en Yarinacocha y hace 8 años que vive en Lima. “No me siento mejor acá. Vine de una comunidad, pero nosotros no podemos estar ahí toda la vida porque los hijos tenemos que educarlos. Soy artesana y debo buscar donde vender mi trabajo y el estudio para ellos. Para que sean útiles a la comunidad”. No pudo volver a trabajar en el magisterio, pero Olga tiene dos hijos y cuatro nietos que tienen que aprender lo que su abuela, que también era artesana, le enseñó a ella: el arte, la lengua y los cuentos que le mostró y más.

Al niño Josué, su vecina Olga le diría que él –como los nietos que le nacieron en Lima– sí es limeño. Como alguien que nace en Arequipa es arequipeño. Pero le recuerda que también es shipibo y lo que significa serlo. “Donde que me voy o estamos, nunca vamos a perder nuestra cultura. Es mejor identificarse porque hablamos en dos lenguas y podemos aprender otras cosas y otros idiomas también. Soy orgullosa de ser indígena porque llevo la sangre, la cultura, la artesanía y la costumbre. No me avergüenzo porque es mi raza, que mis padres fueron eso”. Por eso en su hogar seguirán comunicándose en su lengua milenaria y en la comunidad cantando el mashá y demás cantos de su pueblo. Olga Mori, quien se llama también Senen Jisbe, sabe que su idioma habla de seres y realidades que para sus nietos no son fáciles de encontrar en la ciudad. “Mis nietas a veces no conocen los animales y pescados de la selva, yo tengo que enseñarles”, cuenta.

Como buena profesora, Olga sabe que la primera enseñanza está en cada casa, pero el aprendizaje del castellano y las nociones que requiere el sistema educativo se dan en la Escuelita Bilingüe de Cantagallo, la cual tuvo que ser reubicada cuando se amplió la obra municipal con lo que se afectó la dotación de energía y agua para los niños que están estudiando. También varios se enfermaron a causa del polvo y la rotura de tuberías que dejaron aguas servidas en los caminos. Reconstruir y equipar la “escuelita” en la nueva comunidad fue uno de los principales compromisos de la Municipalidad de Lima en el 2014, tras dos años de conversaciones.

Salir de la comunidad CANTAGALLO2
Clarissa dice que no es limeña. Luego recuerda que nació en Lima y entonces dice “creo que soy un poquito pero mi sangre es de la selva, más por mis padres”. Ha interrumpido momentáneamente sus estudios de computación por problemas de salud, pero el año pasado conoció la selva por primera vez en Pucallpa y la comunidad de San Francisco.

“Diferente es el aire porque es natural, acá el aire es contaminado. Allá hay muchos árboles. Se respira paz y viajas en mototaxi y hay muchos pajaritos y frutas y es ventilado y te vas a los ríos, pero no me metí”, recuerda su cautela. Aún no sabe nadar, pero sus ojos han visto un río diferente al Rímac y el mundo del cual le deben haber hablado sus mayores. En las horas que pasó en el pueblo de San Francisco vio una danza tradicional en la que todos se pintan el rostro de negro y se fajan con hojas de árboles, pero al acercarse los danzantes se escondieron y no le dejaron tomar fotos. Además de echar en falta la tecnología, al ver las casas distanciadas y rodeadas por selva y cultivo sintió un poquito de tristeza. “Pensé que iba a encontrar casas juntas como acá, pero no. Era bien silencioso”.

Paradójico, Clarissa extrañaba algo que le dio la ciudad a los shipibos. La oportunidad de fortalecer su vida en comunidad a causa del reducido espacio. La mayoría de casas de Cantagallo miden 6 metros por 3 con altillos o segundos pisos, pero más importante que eso, es que las familias se conocen desde hace años y han luchado, sufrido y celebrado juntos. Conforman un grupo humano unido que no es perfecto ni homogéneo pero en el que se apoyan unos a otros. “Cuando alguien necesita ayuda están todos y todos somos hermanos. Cuando uno está mal todos piden colaboración y todos dan o alguno que es chamán va y lo cura. No es como estar en la ciudad en diferentes lugares donde sales y no te conoces con casi nadie. Y nadie te ayuda”.

Dentro del sinuoso devenir del proyecto Río Verde, que se esboza desde 1981 y en las dos gestiones anteriores se añadió al proyecto Línea Amarilla que luego pasó a llamarse Via Parque Rímac, la municipalidad estableció por escrito la necesidad de mantener junta a la comunidad y firmó el compromiso en el 2014. Cuando se descartó construir el conjunto de viviendas en las losas deportivas de Martinetti, frente al jirón Amazonas, la municipalidad ubicó y financió la compra del terreno en Campoy, comprometiéndose a utilizar el fideicomiso que paga la empresa LAMSAC por la concesión por 40 años de la vía con dos peajes que pasará por el terreno actual de la comunidad. Solo faltó una firma de la empresa brasilera OAS (de la que LAMSAC es subsidiaria) para iniciar la construcción del nuevo conjunto de viviendas. Una firma.

La señora Olga dice que los indígenas nunca vivieron aislados. “Siempre hemos vivido en una comunidad para compartir con la familia y, si hay peligro, nosotros unidos luchar y ayudarnos como familia. Es importante darle algo cuando viene la familia, tenemos que conversar, hacer algo ¿no? Y compartir. Por eso no podemos estar uno por allá y otra familia por otro lado”. Unas decenas de familias aceptaron el pago por separado de sus predios y ya no estarán en la nueva comunidad. Pero es esta convivencia la que ha conseguido que Olga se acostumbre a Lima y pueda sentirse como en Pucallpa o en su comunidad. También regresa de vez en cuando a Pucallpa para visitar a su familia en la selva. Pero hoy como todos los días, ella y los shipibos que trabajan y estudian fuera de Cantagallo se internan en la otra selva.

11070183_468113946676940_7722296941985467097_nVolver a la comunidad
Clarissa es joven y si ve una diferencia entre los jóvenes de la ciudad y sus vecinos en Cantagallo está en los temas de conversación. En su instituto, cuenta, conversan sobre computación y “cosas más importantes que te ayudan a desarrollar tu mente”. En cambio, tras advertir sobre su sinceridad, dice “Si hablas con un jovencito de acá, de mi edad, lo único que te habla es ‘¿qué vas a hacer el sábado? Va a haber una fiesta, tal grupo va a venir, ay que la chica por acá, el chico’. Su queja y su pedido de madurez a sus pares podría ser la de otra joven en cualquier barrio con televisión de Lima. Es un problema grave la desocupación, otros shipibos de la edad de ella han formado nuevas familias y las oportunidades de trabajo escasean o son precarias. Clarissa entiende que su generación y los jóvenes que vienen necesitan apoyo. “Sí he pensado eso siempre: cuando termine de estudiar, pensé salir pero eso sí, no olvidarme. Venir a visitar y apoyar a los jóvenes para que así puedan salir adelante” ya que considera que aún son pocos los que lo logran.

Además de la subsistencia y prosperidad de los shipibos en Lima, que permanezcan su identidad y su cultura depende de lo que suceda con sus territorios originarios. Clarissa no quiere olvidarse de Cantagallo, Olga Mori no quiere olvidarse de Ucayali.

Al abandono del estado, que sin embargo puede vestirse con cushma y plumas y pintarse con achiote la cara en las candidaturas y anuncios, se suma la depredación de las compañías y comerciantes por el petróleo, los minerales, la madera, los pescados y otros recursos del mundo de los pueblos amazónicos. “¿Y qué dice la comunidad? Ya no puede decir porque ya se hizo negocio con las autoridades y han firmado y poco a poco se van terminando los árboles, los pescados, y contaminan el agua. Y ahora nuestros niños que están en la universidad ¿qué van a aprender?”. La misma artesanía que realizan depende de esos recursos, semillas y plantas con pigmentos naturales, como la corteza de la caoba. “Es muy triste, el mismo gobierno ha vendido nuestro terreno. Y no piensan a pesar que los indígenas somos dueños del terreno, de esos árboles. No nos hacen caso. Si las mismas autoridades también de la comunidad hacen todo eso. Se negocia, no pensando en más adelante, no pensando en sus hijos. Es muy triste para nosotros”. Con la constatación de que se violan los derechos humanos, las leyes que los amparan y las promesas que les han hecho, Sinen Jisbe piensa que los shipibos deberán levantarse al igual que los kichwas, kukamas y achuares de Loreto que enfrentan la contaminación petrolera y a la transnacional Pluspetrol.

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De vuelta en Lima, un niño, una joven y una abuela expresan que es necesario compartir la cultura del pueblo shipibo. “La cultura se mantiene viva siendo nosotros mismos, como éramos en Ucayali, y enseñando a los que están creciendo”, dice Clarissa. “Si no, disminuirían los shipibos“, interviene Josué. La abuela Olga Mori, que se llama Sinen Jisbe, dice que aparte de enseñar a la ciudad el arte shipibo “tenemos que hacerles conocer, que sí y todo tenemos derechos. Que nos respeten y que nos valoren porque somos humanos y sentimos. Muchas veces nos discriminan. Ya no es como antes. Quizá a nuestros abuelos les llevaban para que trabajen por cambio de otras cosas. Pero ya no es así, ahora que hemos estudiado para saber todo eso. Queremos que nos respeten, que respeten nuestra tierra, que nos respeten como humanos y todos somos iguales”. No repite la palabra respeto en vano.

Los shipibos sienten que están siendo discriminados otra vez. A mediados de marzo se enteraron por la prensa que la municipalidad estaba modificando el Plan Maestro del proyecto vial que los afecta. No hubo una notificación formal para ellos. El actual gerente de Promoción de la Inversión Privada de la Municipalidad de Lima, Jaime Villafuerte, le dijo al diario El Comercio que el Proyecto Rio Verde “consideraba la reubicación con un complejo habitacional con colegios y campos deportivos, prácticamente un club para los shipibos”. Este tipo de exageraciones y medias verdades sirven para sustentar el incumplimiento de la promesa municipal bajo la premisa de “beneficiar a la colectividad y no a un grupo minoritario”.

La diferencia entre la situación de Cantagallo y la de otros asentamientos humanos de la ciudad con condiciones precarias es que por el terreno de Cantagallo va a pasar un proyecto vial de enorme provecho económico para una empresa privada y por eso se pide que parte de sus ganancias mejoren la calidad de vida de los afectados. La reubicación de los shipibos de Cantagallo es también parte de un proyecto que el arquitecto Augusto Ortiz de Zevallos ha demostrado no solo que existe (contrario a la mentirosa declaración del alcalde Castañeda), sino que tiene una larga data de planeamiento técnico y que incluye 25 hectáreas de áreas verdes, un museo y un anfiteatro más grandes que los del Parque de la Exposición, puentes peatonales y un largo malecón.

Luego de los anuncios que pretenden dejar a shipibos, aymaras, asháninkas y quechuas a su suerte, las organizaciones de Cantagallo buscan el diálogo con la municipalidad pero han recibido largas y desplantes. El 23 de marzo enviaron carta notarial pidiendo información, mantuvieron un plantón fuera de la municipalidad el 27 de ese mes, visitaron el Congreso para exponer su situación el 7 de abril, hicieron otro plantón el 9, un plantón más el 15 durante la reunión de representantes en el municipio pidiendo información una vez más. Hasta ahora ningún compromiso. El 24 de abril debían recibir la respuesta a la carta notarial que enviaron, pero la municipalidad ha hecho caso omiso. Este 30 se tiene que definir la hoja de ruta para el proyecto y la respuesta a la carta notarial, sin lo cual la comunidad buscará otras medidas legales. También esta lucha motivó conferencias de prensa y jornadas culturales en la misma comunidad y en otros espacios como universidades públicas y privadas. También motivó que haya una tanqueta y policías armados y con traje de campaña rondando la comunidad. También muchas preguntas como ¿se podrá explicar en palabras qué es ser shipibo?

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